¿Es posible sentir el frío en los huesos? Explicación científica

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El frío intenso suele describirse como una sensación que penetra hasta los huesos. Una especialista en anatomía analiza si esta percepción tiene fundamento científico y explica cómo nuestro cuerpo experimenta y responde a las bajas temperaturas.
Tl;dr
- El frío afecta principalmente tejidos y articulaciones, no huesos.
- La humedad y falta de sol agravan molestias invernales.
- Ciertas personas son más sensibles a los efectos del frío.
Frío, humedad y la percepción invernal
Con la llegada del invierno, proliferan las conversaciones sobre esa incómoda sensación de frío que parece calar hasta los huesos. Sin embargo, aunque muchos afirman sentir el frío «en los huesos», la ciencia matiza: nuestros huesos carecen de los receptores necesarios para captar directamente la temperatura. De hecho, están bien resguardados por capas de tejido. Solo el periostio, esa fina membrana que recubre el hueso, cuenta con terminaciones nerviosas sensibles a ciertos estímulos térmicos o a la presión.
La humedad: aliada silenciosa del malestar
Resulta especialmente llamativo cómo la humedad, omnipresente en lugares como el Reino Unido, intensifica la pérdida de calor corporal. El agua conduce el calor casi setenta veces más rápido que el aire, por lo que la ropa húmeda multiplica el efecto del frío. Las extremidades —manos y pies— llegan a estar hasta seis grados más frías respecto al resto del cuerpo. Además, distintos factores personales entran en juego:
- Las personas mayores o quienes padecen ciertas enfermedades acusan más los efectos adversos.
- Las mujeres suelen mostrar mayor sensibilidad al frío que los hombres.
¿Qué ocurre realmente en huesos y articulaciones?
Lejos de lo que suele creerse, ni los huesos ni las articulaciones “sienten” el frío de forma directa. Ahora bien, otros componentes del sistema musculoesquelético sí reaccionan: los tendones y ligamentos tienden a endurecerse y dificultan cualquier movimiento, mientras que el flujo sanguíneo disminuye en manos y pies para proteger órganos vitales. El líquido sinovial, esencial para lubricar las articulaciones, se vuelve más viscoso bajo temperaturas bajas y agrava molestias en personas con artrosis o problemas articulares previos.
Luz solar escasa, vitamina D y estado de ánimo
Al habitual descenso térmico hay que sumar otro elemento: las cortas jornadas invernales reducen nuestra exposición al sol. Esto afecta negativamente a la síntesis cutánea de vitamina D. Un déficit puede aumentar tanto la fragilidad ósea como la sensibilidad general al dolor e incidir incluso sobre nuestro estado anímico.
En definitiva, aunque buena parte de esas sensaciones invernales tiene explicación fisiológica, bastan algunos gestos sencillos —alimentarse mejor ante una ola de frío, moverse con frecuencia o vestirse por capas— para hacerles frente sin resignación.